Errores de atribución




contacto :: foro :: archivo weblog :: archivo artículos :: links :: home
Errores de atribución
First, noviembre de 1999

Merceditas deambula plácida, pensando en nada, por su habitación en penumbras. La escena se dibuja un poco a contraluz, se delinean los contornos, pero no se llega a ver con suficiente claridad los rasgos de la niña. De pronto una mosca invade el espacio y comienza a zumbar alrededor de la hija del patriota. Su primer impulso es absolutamente humano: piensa en asesinarla. Pero luego reflexiona un instante, se acerca a la ventana, la abre y le dice al insecto: "¡Vete, el mundo es demasiado grande para nosotros dos!". Su gesto es demasiado tentador por lo justo, y pocos de nosotros, cuando leímos esa historia en el manual de la escuela, pudimos resistirnos y no amar fervientemente a esa niña. Casi treinta años después, lectores ya, leyendo La vida y las opiniones del caballero Tristam Shandy, de Laurence Sterne, descubrimos que la anécdota había sido tomada, palabra por palabra, contraluz incluido, de una escena que tenía al tío Toby como protagonista. Sin duda algún historiador, impelido a atribuirle a la pequeña magistrales dotes dignas de la hija de un patriota, buscó desesperado alguna anécdota lo suficientemente encantadora como para obnubilar a las generaciones futuras, y la encontró en la obra más ambiciosa, rica y compleja de la literatura irlandesa.
Los errores de atribución del anecdotario mundial están presentes también, o mejor dicho sobre todo, en la transmisión oral. Las mismas anécdotas que durante mucho tiempo creímos que pertenecían a Picasso hoy las oímos atribuidas a Oscar Wilde, o a Bernard Shaw, o a Manuel Mujica Láinez. Y no sólo eso: el error de atribución puede llegar a conformar extrañas volutas, hasta terminar en boca de quien realmente, una vez, la protagonizó. Yo he llegado a oír la archiconocida anécdota atribuida a Oscar Wilde (en la aduana, al desembarcar en Estados Unidos, ante la consabida pregunta de los aduaneros sobre si tenía algo que declarar, él respondió: "Nada, excepto mi genio") en boca de Sandro desembarcando en Venezuela.
En encuentro azaroso entre una belleza estúpida y un genio malhumorado y feo (y, además, misógino) se nutre de las más fantásticas variaciones. Parece ser que fueron Bernard Shaw e Isadora Duncan los que protagonizaron, en un salón, un diálogo intercambiable y multiplicable al infinito: "Deberíamos tener un hijo juntos, así sería bello como yo e inteligente como usted", dijo la bailarina, a lo que el dramaturgo respondió, frío como el hielo: "Eso sería peligroso: ¿y si saliera al revés?".
Bernard Shaw fue el creador del más grande anecdotario genial del siglo. Es sabido que se llevaba muy mal con Winston Churchill. Cierta vez, para el estreno de una de sus obras teatrales, invitó al primer ministro con el siguiente texto: "Dear Churchill: aquí le envío dos invitaciones para el estreno de mi próxima obra, una para usted, y otra para un amigo, si es que tiene uno". Churchill le contestó de inmediato con lo que sigue: "Dear Shaw: lamentablemente cuestiones de Estado me impiden presenciar el estreno de su nueva obra, pero prometo acudir a la segunda función, si es que hay una segunda." Ahora bien, ese intercambio epistolar lo he oido repetidas veces con distintos protagonistas, con las mismas palabras, y con la sála ausencia del "dear".
Durante mucho tiempo le adjudiqué a Dylan Thomas un cocktail terrible, más exagerado aun que los famosos 18 wiskies que lo llevaron a la tumba (luego de vanagloriarse de haber batido un récord): tres martinis dobles, luego tres Montgomery, una botella de Capri blanco, dos botellas de Valpolicella; después, una botella de champagne: Roederer brut cocecha 42; después otra botella de champagne, pero esta vez Perrier-Jouet; al final, para conciliar el sueño, otra botella de Valpolicella. Esa locura alcohólica no pertenecía a Dylan Thomas sino a Ernest Hemingway. Y ni siquiera es seguro que haya pertenecido a Hemingway: el que bebía eso era el coronel Cantwell, el héroe de A través del río y entre los árboles.
Vladimir Nabokov aborrecía las entrevistas, las conferencias y las reuniones mundanas. Una vez, la revista Selecciones del Reader's Digest le planteó a muchos escritores la misma pregunta: "¿El escritor debe tener un compromiso político?" y ofreció a todos 200 dólares por una respuesta de dos mil palabras. Nabokov respondió: "No. Me deben diez centavos". Esta contabilidad imperdonable se le adjudicó a Italo Calvino, a Günter Grass y, hasta donde yo sé, también a Jorge Luis Borges.
Si Voltaire fue el más grande bebedor de café (se dice que bebía 8 litros por día), como una epidemia cafeínica toda la historia de la literatura y la filosofía francesas se llenó de cafeinómanos: allí están Balzac, Victor Hugo, Alejandro Dumas, Julio Verne. Probablemente muchos de ellos no hayan tomado un solo café en su vida, pero, ¿quién va a comprobarlo?
Hay una rara atracción que lleva a la apropiación de lo genial, de lo insólito, de lo maravilloso. Es como un plagio piadoso, porque otorga al que ha sido elegido como personaje el don de la genialidad, y pareciera que nadie puede sentirse ofendido por eso (lo cual no deja de ser cierto).
Los nombres árabes no tienen una equivalencia exacta con los nombres ingleses, porque las consonantes difieren y las vocales varían, como en todas las lenguas, según las regiones donde se habla. Existen ciertos "sistemas científicos" de trascripción, que Thomas Edward Lawrence, naturalmente, conocía, pero adoptaba cualquier ortografía, justamente para mostrar la inutilidad de esos sistemas. El soldado más conocido como Lawrence de Arabia un día recibió por correo las pruebas de galera de su libro Los siete pilares de la sabiduría. Su editor acompañaba las pruebas con una hojita de papel escrita a mano con una lista de interrogantes relacionadas con la ortografía de ciertos nombres propios (punto que los críticos reprochaban con frecuencia en las ediciones inglesas de entonces), y le pedía a Lawrence si podía tener la amabilidad de anotar las respuestas al margen con el fin de corregir las pruebas. En un momento el editor escribe: "Usted dice 'Meleagro, el poeta inmoral'. Yo lo he corregido poniendo 'inmortal', pero luego pensé que probablemente usted ha querido decir 'inmoral'". Lawrence le contesta: "Sé de la inmoralidad. No puedo juzgar la inmortalidad. Haga lo que quiera; de cualquier forma, Meleagro no nos perseguirá por difamación." En otra nota el editor escribe: "Yedha, el camello hembra, en la página 40 aparece de nuevo pero con el nombre de Yedhah. ¿Cuál nombre es el correcto?" A lo que Lawrence contesta: "Era un animal espléndido."
Cada vez que me encuentro sumergido en ese molesto vacío que me provoca la ausencia de algo en que pensar rememoro esa manera genial que Sarmiento tenía de saludar en sus cartas a quien le había escrito en términos descomedidos: "Dios guarde a Usted, señor insolente", le decía. Y también un pequeño diálogo, nacido a raíz de una pregunta con la que el coronel Luis María Campos le expuso cierta vez un caso de conciencia: "Si el presidente me manda a clausurar el Congreso a balazos, ¿debo obedecer?", preguntó el coronel. "Si tal desgracia le sucede", le respondió Sarmiento, "hágase dar una orden por escrito y enseguida péguese un tiro. De todos modos, su oficio es morir...".
Es una salida demasiado arbitraria, y por eso genial, para adjudicársela a algún contemporáneo. Pero nadie debe extrañarse si en lo sucesivo volvemos a oír esta breve réplica en boca de, por ejemplo, Carlomagno.